El desierto de la serpiente

23 de abril de 2019

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El viejo oyó el motor de un coche aproximándose a la casa y supo que su destino estaba pronto para llamar a su puerta.

Incorpor√°ndose lentamente de su hamaca dirigi√≥ sus pasos hacia su amiga y susurr√≥ a su o√≠do: ‚ÄúVieja, ha llegado el tiempo de separarse. Ve y s√© una serpiente‚ÄĚ. Ella, que enroscada dormitaba al lado del fuego, se estremeci√≥ al oir estas palabras y se sorprendi√≥ ante la ausencia del miedo.

Abrió los ojos y encontró la tierna mirada del viejo. Al instante comprendió. Sin pérdida de tiempo inició su desenroscamiento y al hacerlo imágenes y recuerdos aparecieron sin que nada hiciese por evitarlo. Cuando recordó su encuentro con el viejo, un tierno sentimiento de gratitud la inundó y sus ojos se humedecieron.

Durante, mucho, mucho tiempo su vida había transcurrido en el desierto, creyendo que era cayado, y allí permanecía inmovilizada pues todos sabemos que los cayados sólo pueden ser movidos, por lo tanto ella nunca osó intentarlo aunque gracias a eso había podido soportar el intenso calor del día y el frio de las noches sin perecer.

Fue mucho despu√©s de su encuentro con el viejo que record√≥ que no siempre hab√≠a sido cayado ni vivido en el desierto. Naci√≥ como serpiente y pronto fue atrapada por Mois√©s, quien a trav√©s de ella mostraba su poder ante el Fara√≥n us√°ndola bien como serpiente, bien como bast√≥n. La victoria de Mois√©s supuso no ser necesitada sino como apoyo durante su larga traves√≠a por el desierto. As√≠, poco a poco fue olvidando qui√©n era y cu√°ndo Mois√©s desapareci√≥ dej√°ndola sola en aquel arenoso lugar, nada sinti√≥. Viv√≠a c√≥moda y lo √ļnico que perturbaba esta comodidad era cuando se sorprend√≠a pregunt√°ndose c√≥mo un cayado puede darse cuenta de que es un cayado. Con rapidez apartaba esta inquietante cuesti√≥n haci√©ndose m√°s cayado.

All√≠ continu√≥ y posiblemente aun estar√≠a si el viejo no hubiese acertado a pasar por su lado. Desde luego, no supo que se acercaba hasta que sinti√≥ sus manos sobre ella y m√°s se inmoviliz√≥. Not√≥ un cierto mareo cuando la levant√≥ y una extra√Īa comez√≥n al notar que no se apoyaba en ella sino que la acercaba a su coraz√≥n. As√≠ la llev√≥ a su casa. Mucho despu√©s, cuando recuper√≥ el habla y pregunt√≥, supo por boca del viejo que √©ste nunca hab√≠a visto un bast√≥n.

Mucho despu√©s de su llegada y mientras era sacada al sol not√≥ un cosquilleo en la cola que la atemoriz√≥. Pensando de inmediato que el viejo la pinchaba de su garganta escap√≥ un silbido que la dej√≥ paralizada. Mir√≥ al viejo con angustia. √Čste sonriendo la calm√≥ haci√©ndole notar que era su propia voz y sensaciones. Ya menos asustada qued√≥ junto a la puerta como todas las ma√Īanas y ese d√≠a sinti√≥ en zonas de su piel la agradable caricia del sol. Poco a poco su cuerpo se fue ablandando. Se daba cuenta c√≥mo esto le ocurr√≠a al tiempo que el viejo le pon√≠a su mano en determinadas zonas para transportarla de la casa al patio y de √©ste adentro. Despu√©s y siguiendo sus indicaciones, ella iba respirando en esas zonas y pudo ir percibiendo su propio deshielo. As√≠ pasaron un tiempo, y m√°s tarde, cuando la sacaba fuera de casa se atrevi√≥ a trepar por los √°rboles cercarnos y a engullir alg√ļn que otro alimento que encontraba por s√≠ sola. Esto le era muy, muy placentero.

No fue fácil el camino, sobre todo porque en ocasiones seguía sintiendo muy peligrosas sus sensaciones y su propio silbido y si se atrevía a dejarles venir también lo hacían los recuerdos y emociones, entonces el dolor era tan insoportable que prefería replegarse en la conocida y segura posición de cayado. Pero la posibilidad de olvidar los olores del campo, engullir pájaros, trepar los árboles, la caricia del sol en su piel y la cálida mano del viejo sobre su cuerpo, la desperezaba. No, no era gustoso verse cara a cara con aquello que la había decidido a convertirse en cayado.

Cuando le toc√≥ el turno a la boca, el dolor fue tan intenso que, como un rel√°mpago, se revolvi√≥ contra el viejo inyect√°ndole su veneno. Al instante crey√≥ iba a ser castigada y se puso de nuevo tiesa prepar√°ndose para ello, pero el viejo, mir√°ndola amorosamente se alegr√≥ de que tambi√©n recuperase su veneno. Cerca de la salida el viejo abri√≥ la puerta. No hubo palabras, s√≠ una profunda mirada. El viejo atraves√≥ el umbral, esta vez para siempre. Antes de afrontar su destino ech√≥ una √ļltima ojeada y pudo ver que junto a otros reptaba.

Por: Maria √Āngeles Nu√Īez de Arenas, psicoterapeuta de Bioenerg√©tica
Psicóloga especialista en clínica CV-04175

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