El viejo oyó el motor de un coche aproximándose a la casa y supo que su destino estaba pronto para llamar a su puerta.

Incorporándose lentamente de su hamaca dirigió sus pasos hacia su amiga y susurró a su oído: “Vieja, ha llegado el tiempo de separarse. Ve y sé una serpiente”. Ella, que enroscada dormitaba al lado del fuego, se estremeció al oir estas palabras y se sorprendió ante la ausencia del miedo.

Abrió los ojos y encontró la tierna mirada del viejo. Al instante comprendió. Sin pérdida de tiempo inició su desenroscamiento y al hacerlo imágenes y recuerdos aparecieron sin que nada hiciese por evitarlo. Cuando recordó su encuentro con el viejo, un tierno sentimiento de gratitud la inundó y sus ojos se humedecieron.

Durante, mucho, mucho tiempo su vida había transcurrido en el desierto, creyendo que era cayado, y allí permanecía inmovilizada pues todos sabemos que los cayados sólo pueden ser movidos, por lo tanto ella nunca osó intentarlo aunque gracias a eso había podido soportar el intenso calor del día y el frio de las noches sin perecer.

Fue mucho después de su encuentro con el viejo que recordó que no siempre había sido cayado ni vivido en el desierto. Nació como serpiente y pronto fue atrapada por Moisés, quien a través de ella mostraba su poder ante el Faraón usándola bien como serpiente, bien como bastón. La victoria de Moisés supuso no ser necesitada sino como apoyo durante su larga travesía por el desierto. Así, poco a poco fue olvidando quién era y cuando Moisés desapareció dejándola sola en aquel arenoso lugar, nada sintió. Vivía cómoda y lo único que perturbaba esta comodidad era cuando se sorprendía preguntándose cómo un cayado puede darse cuenta de que es un cayado. Con rapidez apartaba esta inquietante cuestión haciéndose más cayado.

Allí continuó y posiblemente aun estaría si el viejo no hubiese acertado a pasar por su lado. Desde luego, no supo que se acercaba hasta que sintió sus manos sobre ella y más se inmovilizó. Notó un cierto mareo cuando la levantó y una extraña comezón al notar que no se apoyaba en ella sino que la acercaba a su corazón. Así la llevó a su casa. Mucho después, cuando recuperó el habla y preguntó, supo por boca del viejo que éste nunca había visto un bastón.

Mucho después de su llegada y mientras era sacada al sol notó un cosquilleo en la cola que la atemorizó. Pensando de inmediato que el viejo la pinchaba de su garganta escapó un silbido que la dejó paralizada. Miró al viejo con angustia. Éste sonriendo la calmó haciéndole notar que era su propia voz y sensaciones. Ya menos asustada quedó junto a la puerta como todas las mañanas y ese día sintió en zonas de su piel la agradable caricia del sol. Poco a poco su cuerpo se fue ablandando. Se daba cuenta cómo esto le ocurría al tiempo que el viejo le ponía su mano en determinadas zonas para transportarla de la casa al patio y de éste adentro. Después y siguiendo sus indicaciones, ella iba respirando en esas zonas y pudo ir percibiendo su propio deshielo. Así pasaron un tiempo, y más tarde, cuando la sacaba fuera de casa se atrevió a trepar por los árboles cercarnos y a engullir algún que otro alimento que encontraba por sí sola. Esto le era muy, muy placentero.

No fue fácil el camino, sobre todo porque en ocasiones seguía sintiendo muy peligrosas sus sensaciones y su propio silbido y si se atrevía a dejarles venir también lo hacían los recuerdos y emociones, entonces el dolor era tan insoportable que prefería replegarse en la conocida y segura posición de cayado. Pero la posibilidad de olvidar los olores del campo, engullir pájaros, trepar los árboles, la caricia del sol en su piel y la cálida mano del viejo sobre su cuerpo, la desperezaba. No, no era gustoso verse cara a cara con aquello que la había decidido a convertirse en cayado.

Cuando le tocó el turno a la boca, el dolor fue tan intenso que, como un relámpago, se revolvió contra el viejo inyectandole su veneno. Al instante creyó iba a ser castigada y se puso de nuevo tiesa preparándose para ello, pero el viejo, mirándola amorosamente se alegró de que también recuperase su veneno. Cerca de la salida el viejo abrió la puerta. No hubo palabras, sí una profunda mirada. El viejo atravesó el umbral, esta vez para siempre. Antes de afrontar su destino echó una última ojeada y pudo ver que junto a otros reptaba.

Por: Maria Ángeles Nuñez de Arenas, psicoterapeuta de Bioenergética
Psicóloga especialista en clínica CV-04175