La ansiedad, si bien es un estado esperable del ser humano ante situaciones de la vida diaria que experimentamos como peligrosas o amenazantes, ante metas exigentes, o situaciones que esperamos con ilusión, ésta puede derivar en una sensación desagradable y persistente, que puede llegar a incapacitarnos para el normal desarrollo de nuestro día a día.

La ansiedad esperable ante estas situaciones, muchas veces vinculadas con el miedo, genera un estado de alerta, activando numerosas señales corporales como un aumento de la presión cardíaca, la presión arterial, la respiración, la tensión muscular, la sudoración, etc., preparando el cuerpo para dar una respuesta y centrando nuestra mente en dicha situación, excluyendo otros asuntos.

Sin embargo, este miedo deja de cumplir su función de activación o protección en el momento en el que se prolonga excesivamente en el tiempo o es desproporcionado para la situación ante la cual nos encontramos. Poniendo un ejemplo, sería esperable que ante una situación en la que andamos por el bosque y nos encontramos una manada de lobos hambrientos, nuestro estado de alerta se active al máximo para intentar salvar nuestra vida, pero no sería esperable tener la misma reacción ante una reunión con nuestro/a jefe/a por un error cometido, manteniendo además esa tensión durante semanas antes o después del encuentro.

Así, podríamos decir que lo que inconsciente y fantasiosamente pretende una persona que presenta ansiedad es evitar el presente. Desde esa idea, la ansiedad mueve y aboca a la persona a la acción, que es justamente lo contrario de lo que necesita para salir de ella. Los síntomas y las sensaciones físicas que acompañan el cuadro de ansiedad son, precisamente, avisos que el cuerpo manda a la persona para pedirle que pare y respire profundamente.

Sin embargo, ocurre con frecuencia que la persona centra la atención en dichas respuestas fisiológicas, interpretando por ejemplo que la taquicardia que aparece en un estado de ansiedad puede ser indicio de un infarto de miocardio (sin que haya antecedentes relevantes), o interpretando que el sudor y el temblor de manos pueden hacer pensar a otras personas que somos alguien inseguro/a. Éstas serían respuestas que podrían crear una sobreactivación o sobrealerta que dejaría de cumplir una función de protección.  Sin embargo, el poner la atención en lo que está pasando en nuestro cuerpo, despojando nuestra mirada de dichas ideas e interpretaciones, puede ayudarnos a acoger con una mayor aceptación lo que está ocurriendo, y a entender los síntomas como mensajes o indicadores. El cuerpo nos avisa de que por aquí no es el camino.

Respiración, tensión muscular y ansiedad

Entre las respuestas fisiológicas que lleva a cabo nuestro cuerpo asociadas con estados de ansiedad, hablábamos de un cambio en el patrón de respiración, el cual se vuelve más rápido y superficial, aspirando frecuentemente de forma brusca y conteniendo el aliento. Esa contención favorece un menor contacto con lo que estamos sintiendo, sea esto miedo, tristeza por la pérdida, angustia ante la soledad, etc. Así mismo, se observa una mayor activación muscular que, de mantenerse en el tiempo, se acaba percibiendo como tensiones, que dificultan y condicionan nuestra capacidad de movimiento y, del mismo modo que la respiración, nos dificultan el contacto con las emociones presentes. Teniendo en cuenta que una menor percepción no elimina la emoción temida, la emoción seguirá pulsando para ser expresada o atendida lo que conllevará más tensión.

Siendo ambas respuestas, la de la respiración y la de la tensión muscular, manejables consciente e intencionadamente, se puede observar cómo el abordaje sobre estas respuestas, induciendo, facilitando y acompañando a una respiración profunda y liberando las tensiones musculares inherentes, es efectivo en el manejo de la ansiedad.

Cómo puede la persona afectada de cuadro de ansiedad atravesar ese estado

  • Poner atención para tomar consciencia de los cambios fisiológicos que aparecen en estados de ansiedad, así como a relajar la musculatura a través de posturas y/o masajes bioenergéticos que permiten la liberación de las tensiones musculares y emocionales contenidas, rebajando así el malestar corporal experimentado.
  • Poner atención para tomar consciencia de nuestro patrón de respiración y de la información que éste nos ofrece sobre nuestro estado emocional, así como a profundizar la respiración para un mayor contacto con nosotros/as mismos/as, con nuestras emociones y nuestros pensamientos, calmando nuestra mente y pudiendo ser observadores neutrales de nuestras ideas, juicios y miedos.
  • Experimentar nuestras emociones, sean las que sean, apoyándonos en nuestro cuerpo y nuestra respiración, para, poco a poco, poder atravesarlas, recogiendo nuestra capacidad de sostén en nosotros/as mismos/as.
  • Registrar y hacer conscientes nuestras ideas, juicios y pensamientos que condicionan el estado de ansiedad, a través de la pura observación, dándonos el silencio y espacio necesario de calma para poder mirarnos como meros/as observadores/as.

Si quieres profundizar y acompañamiento en este proceso, te invitamos a participar en nuestro curso de Bioenergética y meditación Vipassana, muy adecuado en estos estados.

Por: Isa Leiva, terapeuta de Bioenergética, psicóloga y neuropsicóloga.
Profesora de Yoga y practicante de meditación Vipassana